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12 January 2012 @ 08:55 pm
ai: día seis (ii)  
Dr Goldsmith is dead, parte ii.



Cuando salió esa tarde de la consulta, diluviaba. El sol se estaba poniendo, y la calle estaba oscura y desapacible, llena de paraguas negros corriendo arriba y abajo por la acera. Jesse se resguardó bajo el toldo del café de al lado y esperó a que amainara. No llevaba paraguas, y tampoco se fiaba de que su abrigo fuera impermeable. En algún momento tendría que parar, pensó, pero pasaron casi diez minutos y sólo llovía más fuerte.

-¿Esperas a alguien? -dijeron a su espalda, y Jesse enseguida reconoció la voz de Andrew. Se dio la vuelta y le encontró a su lado, con un paraguas de color verde intenso abierto sobre su cabeza, y con la mano que le quedaba libre ciñéndose más la bufanda al cuello.

-A que deje de llover.

-¿Necesitas que te lleve a algún lado? No tengo coche, pero al menos no me mojo.

-Sólo iba al metro.

-¿En qué dirección? Porque yo iba a coger un taxi, así que si quieres que te acerque a algún sitio...

-No hace falta.

-No estoy en horario laboral, ya no soy tu médico -insistió-. Podemos compartir un taxi. Venga, ¿hacia dónde vas?

Jesse señaló un lado de la calle.

-La Cincuenta con la Trece.

-¡Eso está al lado de donde yo voy!

-No hace falta que mientas, ya había dicho que sí.

-No miento. Yo nunca miento, Jess -dijo, fingiéndose ofendido-. Yo he quedado en la Trece con la Cincuenta y algo. Ven, vamos a intentar parar un taxi -y le tomó del brazo para meterle bajo el paraguas-. Tengo que mirar las entradas, no estoy realmente seguro de a dónde voy.

-¿Vas al teatro?

-Sí. ¡Taxi! -gritó, prácticamente lanzándose sobre el primer coche amarillo que pasó cerca, arrasando a un par de mujeres que también trataban de pararlo-. Esta ciudad es lo peor cuando llueve -masculló, abriendo la puerta y dejando que Jesse entrara primero. Le dio la dirección al taxista y se abrió el abrigo en cuanto se sentó en el asiento sucio y gastado. Buscó en el bolsillo interior y sacó un par de entradas.

-Un amigo me ha convencido para ver una obra en eso que llaman 'off-Broadway'. Algo sobre un pervertido...

-¿El pervertido accidental?

-¡Sí! ¿La has visto?

-Voy a ir a verla esta noche -replicó, sonriendo tímidamente.

-Espera. ¿Estamos yendo a ver la misma obra?

-Eso parece.

-Esto empieza a rozar lo inapropiado -rió Andrew-. Es broma. Te prometo que en cuanto lleguemos ni me verás. Yo me iré con mi amigo, tú con... quienquiera que vayas. No es de mi incumbencia hasta la semana que viene.

-De hecho, voy solo.

-¿En serio?

-Es patético -musitó, encogiéndose imperceptiblemente.

-No lo es. Eres muy valiente -le aseguró, dándole una palmadita en el brazo-. Cuando yo llegué a la ciudad no conocía a nadie, y me daba auténtico pánico ir yo solo a los sitios. Me perdí muchas cosas interesantes.

-¿Sí?

-Es una tontería. Un día me armé de valor y fui yo solo al cine, y resultó ser mejor que ir con alguien. Cuando lloré nadie me lo echó en cara -rió-. Y todos los que me vieron con los ojos rojos e hinchados se olvidaron de mí diez segundos después. La magia de Nueva York, ya sabes.

-Así que lloras en el cine -se burló inocentemente.

-Como un loco. Llorar es una de las cosas que mejor hago. ¿Quieres que te lo enseñe? Puedo hacerlo ahora mismo -dijo con fingida arrogancia-, ni siquiera me cuesta trabajo.

-¿En serio? -preguntó Jesse divertido.

-Sí. Mi madre siempre quiso que me hiciera actor. Pero desde pequeño le dije que no. ¿Qué niño de diez años prefiere ser actor a ser psiquiatra? Madres.

-Ya. Yo a la mía se lo decía. "Mamá, yo realmente quiero ser notario, ¡deja de coartar mis sueños!" -bromeó-. Pero nada.

Andrew sonrió y se le iluminó toda la cara. A Jesse se le encogió el estómago en un nudo, notó el calor subiendo a sus mejillas y se sintió como un adolescente. O lo habría hecho si hubiera recordado sentirse así en algún momento de su adolescencia, tan estúpido y tan ansioso por agradar, por hacerle reír una vez más.

-Iba a preguntarte en qué estás pensando, pero voy a tratar de ser una persona normal y guardármelo para la consulta.

-Te lo agradezco.

-Así que... -empezó- supongo que vienes mucho al teatro.

-Sí. Trato de ver todo lo que se me pone por delante. No tengo muchas más aficiones, ya sabes.

-No digas eso -le pidió con una sonrisa.

-No escucho música que no sea teatro musical. No veo la tele. Ni siquiera voy al cine.

-Siendo actor.

-Las únicas películas que veo son las mías, y por obligación.

-¿Y por qué?

-Porque el cine me parece artificial. Haces quinientas tomas, grabas desde mil ángulos... Y luego el montador elige la mejor, o la menos peor -añadió con desagrado-, y las pone una detrás de otra; y al final sale algo un poco alienígena que ni se parece al trabajo que has hecho. Pero en el teatro lo que ves es lo que hay. Es más real.

Andrew pareció rumiarlo seriamente un minuto, antes de dar su veredicto:

-Piensas demasiado.

-¿Es esa una opinión profesional?

-No. Habíamos quedado en que ahora no soy tu terapeuta, ¿verdad?

-Vale. ¿Entonces es una opinión personal, así en general? ¿Que pienso demasiado?

-Sí.

-Eso me hace sentir mucho más confiado en mis habilidades.

-Para -le pidió, dándole un toque leve en el brazo, y volvió a reír.

A pesar del atasco, no tardaron demasiado en llegar al teatro, y pagaron el taxi a medias sin necesidad de discutirlo demasiado. En la acera ya había un pequeño grupo de gente concentrada frente a la puerta del teatro. Aún chispeaba, pero no tuvieron problemas para resguardarse bajo el tejadillo junto a todos los demás.

-Bueno -dijo Jesse cuando el taxi se marchó. Pasó los dedos por el borde inferior de su jersey y apoyó el peso en sus talones.

-Bueno.

-Será mejor que vaya a recoger mi entrada. Disfruta de la obra.

-Vale. Lo haré -respondió con una sonrisa, antes de echar una mirada disimulada hacia su reloj.

-Tu amigo...

-Debe de estar a punto de llegar -le cortó-. No te preocupes por mí. Venga, entra, pásatelo bien.

-Vale. Bueno. Nos vemos la semana que viene, entonces.

-Sí.

Se sonrieron una vez más y, tras dos segundos incómodos, Jesse cogió fuerzas para darse la vuelta y moverse hacia la taquilla. De vez en cuando, mientras esperaba en la cola a que le atendieran, echaba una mirada hacia Andrew. Tenía el móvil en la mano y lo miraba cada veinte segundos, y no hacía falta ser psiquiatra para darse cuenta de que lo hacía con algo de ansiedad.

-¿Eres Jesse Eisenberg? -le preguntó entonces una chica emocionada-. Oh dios mío. Soy tan fan. La Red Social me cambió la vida. Siento muchísimo molestarte, ¿pero podría sacarme una foto contigo?

-Sí, claro -contestó él, sonriendo. Deberían nominarle a otro Oscar por su representación de la estrella de Hollywood cuerda en la que se convertía cada vez que se le acercaba alguien. Era la única forma de enfrentarse a ello sin que le temblara la voz, haciéndolo como si no fuera él mismo-. ¿Has venido a ver la obra? -le preguntó mientras ella trataba de activar la cámara de su teléfono. Jesse no era capaz de apartar la vista de Andrew tecleando en su móvil frenéticamente, que clavaba los ojos en la pantalla hasta recibir la contestación. Sus rasgos cada vez parecían más duros, o más tristes, y a Jesse le costó pasar un brazo alrededor de los hombros de esa chica para la foto.

Enseguida llegó a la ventanilla y recogió la entrada que tenía reservada. Cuando la tuvo en la mano miró hacia allí una última vez, y toda su determinación por dejarlo pasar se esfumó y él se acercó hacia donde Andrew estaba parado. El tejadillo no le cubría, y las pocas gotas que seguían cayendo se hundían en su pelo, aplastándolo sobre su cabeza. Jesse sabía que no debía hacerlo, que sería inelegante incluso si no fuera su terapeuta, y que siéndolo estaba mal de todas las maneras, pero no podía soportar verle allí, con esos ojos tan grandes y tan tristes.

-Ey.

-Hola.

-¿No viene tu amigo?

-Mi cita -dijo con frustración.

-Oh.

-No.

-¿Por qué? -no pudo evitar preguntar.

-Porque soy muy intenso.

-¿Qué?

-Eso dice. "Andrew, eres demasiado intenso, no puedo seguir haciendo esto" -leyó de la pantalla de su móvil-. Genial, gilipollas, gracias por dejarme por mensaje mientras te espero en la puerta del teatro. Pedazo de mierda -masculló. Y, volviendo a mirar a Jesse trató de recomponerse y poner buena cara, y dijo-: Perdona. Esto es súper inapropiado.

-No. Eso lo es -repuso él, señalando el teléfono.

-Ya, bueno. Siento que hayas tenido que verme de esta manera -dijo, azorado. Él trató de sonreír con comprensión, de hacerle entender que era normal reaccionar así. Que si él fuera su novio nunca le dejaría plantado en la puerta de un teatro, porque eso era una de las peores cosas que se podía hacer. Era todo lo que estaba mal en el mundo. La megafonía del teatro avisó que la función iba a comenzar, y la gente que aún apuraba sus cigarros o charlaba a su alrededor empezó a moverse hacia el interior-. Deberías entrar -le recordó.

-Tú también.

-No sé, creo que me voy a ir a casa -contestó, hundiendo los hombros.

-¿Por qué? -preguntó, y de verdad deseó poder cerrar la boca y dejar de ponerse en evidencia de esa manera.

-Porque no voy a entrar allí yo solo, con un asiento vacío al lado, a sentirme como un idiota -confesó, y Jesse por primera vez en lo que recordaba de vida sintió la necesidad de acercarse a otro ser humano, ponerle una mano en el brazo y decirle que no pasaba nada, que eso que sentía se le iba a pasar. Que él se sentía como un idiota todo el tiempo. Y que a él no se le pasaba, pero lo haría, en algún momento. Que estaba bien.

-La obra es muy buena -dijo en cambio.

-Vas a quedarte fuera si no entras ya.

Jesse se metió las manos en los bolsillos del pantalón y miró sus zapatos marrones. Las puntas estaban mojadas, y trató de estirar los dedos dentro de sus calcetines para tocarlas.

-Probablemente tienes mejores asientos que yo -mintió-. Es una pena perderlos.

-Te los regalo.

-Soy realmente malo haciendo esto -se quejó, soltando una risa quejumbrosa.

-¿Quieres...? -Andrew casi parecía incrédulo-. ¿Quieres que la veamos juntos?

-No quiero que te la pierdas.

-¿Cuántas veces he usado la palabra inapropiado esta noche? Porque creo que han sido muchas -bromeó Andrew.

-Ya sé que es una mala idea. Ni siquiera tendría que haber...

-Vale, sí -resolvió en un acceso de locura.

-¿Sí?

- Por qué no.

-Porque es una malísima idea -sugirió Jesse.

-Ha sido tuya.

-Pero tú eres mi psiquiatra -le echó en cara-, tú deberías disuadirme de hacer cosas estúpidas.

-Tu problema es que no haces suficientes cosas estúpidas.

-Eso no es verdad.

-Tampoco es mentira -replicó Andrew-. No es como si fuera... Quiero decir, estar sentados uno junto al otro en un teatro no es nada por lo que se vayan a escandalizar en el colegio de médicos.

-Ni siquiera hay intermedio.

-¡Claro! No tenemos por qué intercambiar ni una sola palabra -añadió, y consiguió hacer que sonara hasta sensato.

-Y he oído que es realmente buena. Muy graciosa.

-Vale. Sí -zanjó, dándole a Jesse una de sus entradas-. Esto está bien, ¿verdad?

-Eso creo.

-Vale. Vamos -dijo, y le invitó a pasar con una mano en el final de su espalda.


---



Lo cierto es que fue divertida, atrevida, y más de una vez debatiéndose entre lo políticamente incorrecto y lo directamente inmoral, y Jesse se alegró de estar compartiéndolo con Andrew. Eso era lo que significaba off-Broadway, esa era la auténtica magia de los pequeños patios de butacas y las pequeñas compañías. Eso era lo que a él le enamoraba del teatro.

Jesse se encontró más de una vez buscándole con la mirada tras un diálogo particularmente divertido o una situación especialmente sorprendente. Le producía una extraña satisfacción que a él también le estuviera gustando, pero entonces recordaba que no había sido idea suya llevarle allí. Que había sido de ese tipo que luego le había dejado plantado, y no podía concebir la idea de que a alguien así también le hubiera podido gustar la obra. Ni siquiera concebía que esa persona pudiera existir, siendo tan estúpida.

El telón se cerró por última vez, tras varias rondas de aplausos, y Andrew fue de los últimos en dejar de aplaudir.

-Ha sido genial. ¿No ha sido genial? -se giró a preguntarle-. Me alegro tanto de no haberme ido a casa.

-Yo también.

-Muchas gracias.

Jesse sonrió, esperando que él no fuera capaz de ver lo sonrojado que estaba con la luz tenue de la sala.

-¿Crees que podríamos tomarnos un café? -dijo a media voz.

-¿Qué?

Los vecinos de asiento ya se habían levantado, y carraspeaban para dejarles ver que necesitaban pasar hacia el pasillo.

-Me preguntaba... Oh, perdón -se disculpó, dándose cuenta y levantándose él también. La media docena de personas que aún quedaba en su fila aprovechó para ponerse de pie, y pasaron un par de minutos hasta que pudo volver a encararle. Estaba de pie en medio del pasillo, abrochándose su abrigo de paño-. Andrew.

-¿Sí?

Se acercó hasta allí lentamente, repasando las palabras en su cabeza una y otra vez.

-¿Quieres que compartamos taxi de vuelta? Parece que sigue lloviendo.

Y fue incapaz de decirlas.

-Claro. ¿A dónde vas?

La salida del teatro era una batalla campal en la que encontrar un taxi parecía imposible, así que decidieron meterse bajo el paraguas y andar un par de manzanas hasta una esquina un poco más despejada, aunque resultó que iban en direcciones distintas. La noche era fría y desapacible, pero la ciudad estaba llena de vida, de esa energía extraña y desordenada que sólo tenía Nueva York. Y Jesse pensó que nunca le había gustado una noche lluviosa tanto como esa, andando junto a Andrew bajo el paraguas verde en el que repiqueteaban las gotas casi musicalmente.

-Ahí hay uno -observó Andrew, haciéndole una señal para que parara.

-Cógelo tú -sugirió él-. Tú vives más lejos.

-Yo tengo paraguas.

-Y yo soy neoyorkino, y tú no. Así que en cuanto te deje solo te van a atracar -zanjó, con cómica autoridad-. Es un hecho.

-Vale -aceptó, riéndose-. Neoyorkino. Pero te quedas con el paraguas. No quiero que cojas una pulmonía sólo por dártelas de caballero andante.

-De acuerdo. Te lo daré el miércoles.

Andrew abrió la puerta del coche y se giró a mirarle una vez más.

-Ha estado muy bien.

-Sí.

-Gracias por convencerme.

-Gracias por ser tan poco profesional -rió, y Andrew le acompañó con una carcajada despreocupada.

-No ha sido nada -le aseguró.

Jesse supo que si no paraba de sonreír iba a hacer algo terrible, así que se obligó a despegar la vista de sus labios y sus dientes y su barbilla y su nuez. Apretó la mandíbula y miró a algún punto a través de él. Tragó saliva.

-Estoy intuyendo que este es uno de esos momentos -dijo tentativamente, tocándose las yemas de los dedos con el pulgar-. Y creo que lo educado sería dejar constancia de que ahora me gustaría poder besarte.

-Por el amor de dios, Jesse -jadeó Andrew, como si acabara de darle un puñetazo en el estómago.

-Y siento haber dicho eso. Para que conste también -susurró, sin apartar la mirada de ese punto en el vacío a kilómetros de allí.

-Jess.

-Lo siento. Pensé que deberías saberlo.

-Tengo que irme -musitó, entrando al taxi.

-Lo siento.

-Lo sé. Tengo que irme.

-Vale.

La puerta del taxi se cerró con un ruido sordo, y Jesse pudo verle hundiéndose en el asiento mientras el conductor enfilaba la calle lentamente, salpicando en todos los charcos.

-Muy bien -se dijo, apretando el mango del paraguas en su mano, y resopló. Puede que volver andando a casa no fuera mala idea. Puede que la lluvia arrastrara su estupidez hasta la alcantarilla como hacía con el polvo de sus zapatos.


---



-Hola, Jesse -le saludó. Formal, grave, con la corbata tensa en torno a su cuello-. Pasa. Siéntate.

Sabía que iba a suceder eso. Deseaba que no, pero sabía que sucedería. Esa conversación incómoda en la que se vería obligado a sentarse allí mientras Andrew le explicaba por qué todo lo que hacía y lo que sentía estaba mal, por qué había fracasado una vez más.

-Siento haberte puesto en esta situación -dijo, entrando lentamente a la consulta. Andrew estaba hierático, su cara era una máscara y él era incapaz de entender qué era lo que había debajo. Y eso le dolía. Por fin había acabado de abrirse a él, había confesado, y no había servido de nada-. Lo siento mucho.

-Asumo toda la responsabilidad, Jesse. Soy yo el que tendría que disculparse. Siéntate, por favor.

Jesse lo hizo, con las piernas muy juntas y la espalda recta, y le miró mientras él ocupaba su lugar al otro lado del escritorio.

-No puedo excusar mi comportamiento de los últimos meses... de ninguna manera -empezó a decir, y por primera vez Jesse le oyó titubear, casi tartamudear. Sonaba como un discurso que había ensayado demasiadas veces, tantas que había dejado de tener sentido-. Debería haber cortado esto hace mucho tiempo, pero no he tenido fuerza para hacerlo. He sido poco profesional y me... me avergüenzo, y espero que entiendas por qué tengo que referirte a otro psiquiatra.

-¿Qué?

-Lo haremos de forma paulatina. No necesitas el trauma que esto supone, cuando ni siquiera han pasado seis meses de el anterior cambio.

-No quiero otro psiquiatra.

-No puedo seguir tratándote -contestó rápidamente. Jesse podría jurar que ni siquiera le había mirado desde que había entrado en la consulta.

-¿Porque quise besarte?

-Porque yo no he sabido interpretar los sentimientos que has despertado en mí. Debería haberlos identificado y haber cortado el problema de raíz, antes de que tú, de forma inconsciente, los percibieras y...

-Perdona, ¿qué?

-Jesse, estoy enamorado de ti -le espetó-. Llevo enamorado de ti mucho tiempo. Y es inaceptable, a todos los niveles -aclaró, con la voz firme-. No puedo... Ni siquiera entiendo cómo...

-¿En serio? -exclamó, y algo en su estómago se encogió-. Wow.

-¿Estás familiarizado con el concepto de transferencia? -le preguntó calmadamente.

-Esto no es transferencia.

-Puede que hayas percibido la atracción que...

-Esto no es transferencia -repitió-. Y tú no eres psicoanalista, así que no deberías considerar la transferencia...

-Jesse -le frenó, levantando una mano y usándola de escudo frente a él-. Es perfectamente normal que hayas captado el afecto que despiertas en mí, y la... la manera en la que... los sentimientos que me produces.

-¿Tengo cara de haber percibido nada en toda mi vida?

-Yo... Tú, de manera inconsciente... No lo sé. Tendría que haber intentado pararlo hace tiempo, pero... Tu cara, Jesse. Y tu... tu...

Él no pudo evitar reírse, y Andrew sonrió a su pesar.

-¿Qué le pasa a mi cara?

-No sé -replicó, pasándose la mano por la barbilla, mirándole por fin como si le doliera. Como si la visión de su cara, su maldita cara, le doliera-. Pero despiertas en mí un instinto de protección, una especie de... de avidez por ser parte de tu vida, por estar ahí para ti -dijo, mirándole con los ojos grandes y brillantes-. Y no como un terapeuta.

-¿Y por qué es esto algo malo? -preguntó, mordiéndose el labio-. Es una situación embarazosa, y me habría gustado que la primera vez que alguien me dijera todas esas cosas no estuviera disculpándose por ello, pero...

-Soy tu psiquiatra. Y no puedo mantener una relación personal contigo que vaya a entorpecer tu tratamiento. Porque es poco profesional y estoy poniendo en peligro todo el progreso que hemos hecho. Podría haberte provocado un daño irreparable a nivel...

-Estoy mucho mejor de lo que estaba hace seis meses. Estoy mejor de lo que he estado en mucho tiempo, y eso es gracias a ti. Te necesito -afirmó, rehuyendo su mirada.

-No puedo seguir tratándote -insistió Andrew-. No creo que pueda tratar a nadie después de esto. Ya no sé lo que estoy haciendo.

-Realmente no quiero cambiar de psiquiatra.

-Lo sé. Joder. Lo siento.

Jesse se miró las manos, pálidas y cortadas por el frío.

-¿De verdad crees que es sólo transferencia? ¿Que tú realmente no quieres estar conmigo, sino con una memoria vaga en tu inconsciente que yo despierto? -preguntó, sin estar muy seguro de que lo que estaba diciendo tuviera sentido-. ¿Y que yo no te quiero a ti, sino a la idea de alguien que tiene esos sentimientos hacia mí?

-No lo sé.

-¿Y es menos real si es así?

-No lo sé, Jesse.

-¿Y si lo es, si los dos lo olvidamos, crees que podrás seguir tratándome?

-No creo que eso funcione así.

-Los psicoanalistas usan la transferencia para entender mejor a sus pacientes, ¿verdad? Para entenderse mejor a sí mismos. Si sólo es eso... Si le damos tiempo...

-No puedo.

-Andrew, por favor.

-Lo he jodido, ¿no lo ves? Sabía lo que estaba pasando y no hice nada por evitarlo. Hice todo lo posible por no evitarlo cuando pude hacerlo. He sido imprudente y te he puesto en una situación...

-Me han dado el papel en esa peli -dijo de repente.

-Jess...

-Empiezo a grabarla en diez días -añadió, antes de que pudiera agregar nada-. En Sudáfrica. Se supone que se parece a Iraq.

-¿Qué?

-Y estaré fuera al menos dos meses.

-¿Qué? -repitió.

-No sé decirlo más claramente -se disculpó.

-No, lo he entendido perfectamente. Pero. ¿Dos meses?

-¿Será tiempo suficiente?

-No puedes estar allí solo tantas semanas.

-Soy un hombre adulto -repuso, aunque sabía perfectamente lo que quería decir.

-Sin psiquiatra, me refiero. Yo no puedo seguir tratándote dos meses, ni siquiera por teléfono.

-No lo necesito.

-Jesse, no te hagas el valiente -suplicó.

-Mira las notas del doctor Goldsmith. Estoy bien cuando grabo. Mira las notas -le insistió, señalando a algún punto al azar de su archivo.

-La he jodido tantísimo -gruñó, apoyando la frente sobre la palma de su mano-. No sabes lo mucho que lo siento.

Jesse se atrevió a observarle entonces, mientras cerraba los ojos con fuerza y apretaba los dientes. No era transferencia. No para él. Él estaba más seguro de eso que de la mayoría de cosas en su vida. No estaba enamorado de su psiquiatra, estaba enamorado de Andrew. De su risa, de sus mil maneras distintas de sonreír, de su pelo que desafiaba todas las leyes de la física, de sus camisas de cuadros y sus ojos grandes y dulces. También de la manera en la que le miraba, en la que todo lo que decía le parecía lo más gracioso del mundo, o lo más inteligente o lo más profundo; pero eso le asustaba mucho más de lo que le gustaba, porque no lo entendía. No tenía sentido. No era lógico que alguien como él viera nada en Jesse, tan inseguro y tan débil y tan incompleto. Y la idea iba creciendo en su cabeza. Sí era transferencia para él; tenía que serlo. Habría algún trauma no resuelto en su infancia, algún pajarito con un ala rota al que no fue capaz de salvar, algún conejo en los bosques de Sussex al que no pudo sacar de un cepo. Puede que sólo estuviera tan roto que Andrew sintiera la necesidad personal de arreglarle, y eso le dio ganas de llorar.

-Debería irme. Sólo he venido a pagarte el último mes que te debo -dijo, deslizando un cheque doblado sobre la mesa-. Y a devolverte el paraguas.

-No puedo aceptarlo.

-No llueve demasiado en el desierto.

-El dinero, Jesse -dijo, pasándoselo de nuevo.

-Tú has hecho un trabajo, has invertido tu tiempo...

-No he sido profesional al hacerlo.

-No voy a discutir, haz lo que quieras con el cheque, Andrew -musitó, levantándose de la silla-. Ni siquiera me importa.

-No deberías irte. Tenemos que empezar la transición.

-No.

-No puedo ser tu psiquiatra -repitió, tratando de mantener la serenidad, porque uno de los dos tendría que hacerlo-. Te he hecho una lista con varios colegas que creo que serían buenos para ti. Este estilo de terapia es el adecuado...

-Ni siquiera puedes mirarme -le reprochó a media voz.

-No está siendo fácil.

Jesse tomó el papel de sus manos y lo arrugó en un bolsillo de su chaqueta.

-Le echaré un vistazo. Cuando vuelva.

Andrew se levantó y en un par de pasos rodeó la mesa y se colocó frente a Jesse, entre él y la puerta, como si temiera que fuera a salir corriendo por ella. Podría intentarlo, pero no llegaría más allá del descansillo.

-¿Puedes parar un momento a pensar en lo que haces? Esto no va a ser bueno para nadie.

-No quieres seguir tratándome, está bien. No voy a obligarte a pasar conmigo ni un minuto más -dijo, sonando más amargo de lo que había pretendido hacerlo. No quería ser tan pasivo-agresivo ni tan patético. Sólo quería irse para dejar de verle, para que ese dolor que le martilleaba el pecho se apagara.

-Sabes que no es eso lo que quiero.

No estaba siendo justo, pero no sabía serlo. Andrew tampoco lo estaba siendo con él.

Se había sentido muerto toda su vida, y él le había dado un poco de aire para respirar, le había despertado. Era perfectamente feliz así, queriéndole en secreto, pensando en él antes de dormirse sólo por la remota posibilidad de verle en sueños y que sus manos y sus labios se sintieran más reales. Y cuando se hizo a la idea de que ese podría ser el resto de su vida, enamorado en silencio, porque era mucho mejor que cualquier cosa real que hubiera tenido, Andrew dijo esas palabras. Le dijo que estaba enamorado de él, y tan pronto lo dijo como lo retiró. Estoy enamorado pero a lo mejor es mentira. Te quiero pero está mal. Está mal como todo en tu vida, como todo lo que tocas.

-¿Cuándo me lo habrías contado? Si yo no hubiera sido un estúpido el otro día en el teatro -le preguntó, incapaz de mantenerle la mirada-. ¿Me lo habrías llegado a decir?

-Habría tenido que hacerlo más tarde o más temprano. Esto no es culpa tuya. Sé que te estás echando la culpa, pero créeme.

-Eres muy buen psiquiatra. Me conoces bien -replicó, y volvió a sonar como una bofetada. La cara de Andrew se encogió, como si le hubiera dolido físicamente, y Jesse no fue capaz de decidir si lo lamentaba, o si realmente lo había dicho para hacerle daño.


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El hotel estaba en una ciudad al norte del país, casi pegando con Namibia, al sur del desierto del Kalahari y muy lejos de la Sudáfrica avanzada.

Fue de los últimos en llegar, de los últimos actores en sumarse al proyecto, y apenas bajó del avión ya le habían probado el uniforme, demasiado grande a propósito, y le habían cortado el pelo casi al cero. No tuvo ni tiempo de pensar. Para cuando se le pasó el jet-lag ya estaban grabando las primeras escenas.

El rodaje era rápido, agotador. Apenas tenían un día libre, porque el presupuesto era tan ajustado que cada minuto perdido era una toma menos, un día menos de postproducción. A Jesse no le importaba, le gustaban los rodajes así, en los que no tenía tiempo para salir del personaje y ser él mismo. Le gustaba no tener tiempo para pensar en Andrew.

Cuando no tenía escenas que grabar un día, Jesse salía con Jerome, su guardaespaldas, a patearse la ciudad. No era demasiado grande, y tenía ese aura deprimente de las cosas que habían sido modernas e imponentes y habían quedado abandonadas. Todo seguía lleno de recordatorios del Mundial de fútbol, ya polvorientos y raídos. Le ponía un poco triste.

En un mercadillo improvisado encontró algunos mapas del país durante la guerra de los Boers, que le hicieron más ilusión de la debida, y cuando pararon en un pequeño café a comer, Jesse le explicó a Jerome la colonización holandesa, las guerras entre los ingleses y los holandeses y lo que eso había supuesto para la población indígena. Él estaba fascinado, y cuando pidieron el té y unos rusks ya estaba contándole lo que fue el apartheid y hablándole de Mandela.

Ya era de noche cuando llegó al hotel, y al tumbarse sobre la cama con el guión en una mano, para repasar las escenas del día siguiente, lo único que deseó fue tener a alguien a quien contárselo. Alguien que entendiera lo que había significado para él encontrar esos mapas, conectar con otro ser humano a través de ellos y haber sido capaz de transmitirle la pasión por la historia.

Quería hablar con Andrew, y hablarle del rodaje y del desierto y de toda la gente maravillosa que se dejaba la vida día a día para sacar esa historia adelante. Quería explicarle que por eso le gustaba actuar, porque cuando lo hacía se sentía parte de algo. Una pequeña pieza en una máquina que se movía incansablemente hacia una meta común. Pero no le llamó, igual que no le había llamado en los seis meses anteriores en los que su nombre había estado grabado en la memoria de su teléfono. En cambio, sacó su ordenador portátil de la funda por primera vez desde que aterrizara en el país y escribió.

Escribió toda la noche, página tras página de ese guión que tenía a medias, porque no sabía qué otra cosa hacer para mantener la mente ocupada, y cuando levantó la cabeza estaba amaneciendo. Bajó a recepción en pijama y pagó seis dólares por media hora de internet para mandar un par de emails. Uno a Justin Bartha, en el que adjuntó el documento y escribió un simple 'échale un ojo'. Otro a su madre, en el que le aseguró que estaba comiendo bien, le preguntó por los gatos y le pasó una foto de su cabeza sin los rizos que tanto le gustaba decir que se peinara. No había nada más en su bandeja de entrada que mereciera la pena, así que dejó que los veinte minutos restantes se perdieran, y los aprovechó en darse una ducha y tomarse un café para no quedarse dormido en medio de una escena.

El director le paró tras la segunda toma de la mañana.

-Pasamos a la escena veintisiete -dijo, antes de llamar a uno de los técnicos de sonido para darle un par de indicaciones.

-Lo siento mucho -se disculpó Jesse, trotando hacia allí nerviosamente-. Déjame hacerlo una vez más.

-Ve a beberte un vaso de agua, enseguida volvemos contigo. Y necesitas más polvo en la cara.

-Puedo hacerlo mejor.

-¿De qué hablas? Ha sido perfecto.

-Creí que... -farfulló-. Pensé que estabas dejando la escena para más tarde. Soy un desastre hoy.

-Pues es una suerte, porque tu personaje es un desastre, Jesse.

Pasó una semana antes de que se acordara de mirar su email. Cuando lo hizo se encontró una respuesta de su madre que tardaría al menos un cuarto de hora en acabar de leer, y unos veinte mails de Justin, cada uno más corto que el anterior.

Recuerdas ese colega que tengo en el Cherry Lane?
Ahora adivina quién es un autor de teatro a punto de representar una obra allí en cuanto acabe con esa peli de muertos de hambre que está grabando en Sudáfrica.
Dime algo, capullo.



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Todo sucedió demasiado rápido. Las primeras semanas que pasó de vuelta en Nueva York las dedicó a buscar al resto del reparto, a hacer lecturas del guión corregido y vuelto a corregir hasta la extenuación, a ensayar y a regrabar algunos primeros planos para la película en un estudio en Nueva Jersey. Apenas tenía tiempo para dormir o para comer o para pensar, y aún así pensaba en él.

Lo que había sido una presión sorda en el estómago cuando estaba a quince horas de avión de distancia, a siete husos horarios de Andrew, de vuelta en Manhattan era un martilleo constante. Pasaba demasiado a menudo por la calle del Upper West Side donde estaba su oficina, y sabía que era casi imposible que se lo fuera a encontrar saliendo del café de la esquina o de la farmacia de la acera de enfrente. Que además de imposible era poco saludable, pero era una pequeña locura que se permitía, porque se sentía demasiado cuerdo demasiado a menudo. No tenía tiempo para entrar en modo de pánico, así que casi parecía un ser humano normal.

Le echaba de menos, sobre todo. Echaba de menos hablar con él, y la manera en la que olía su despacho, y la calidez de sus manos cuando le tocaba. La manera en la que le tocaba, sin miedo, pero siempre pidiendo permiso con una sonrisa a la que era imposible decir que no.

Sólo quería que todo fuera más fácil, sólo un poquito. Que estar enamorado de alguien no fuera algo tan solitario y tan agotador.


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El telón se cerró una última vez, y Justin le pasó a Jesse un brazo sobre los hombros y le plantó un beso en la cabeza. Su pelo casi volvía a ser la misma maraña de rizos que había sido siempre. Él se lo revolvió un poco con los dedos y le sonrió a Justin nerviosamente.

-¿Ha estado bien?

-Tú has estado genial -le aseguró, mientras le arrastraba hacia el backstage-. Yo la he cagado un par de veces.

-Me he dado cuenta -aseguró-. Pero lo has salvado.

-Creí que me ibas a dar una paliza por joder con tu bebé -bromeó-, lo he pasado realmente mal.

-Estoy demasiado cansado para pegarte.

Justin entró riéndose al camerino que compartían los tres actores, y se quitó su ropa ridícula de hippie trasnochado mientras Jesse se sentaba en el pequeño sofá y daba traguitos cortos a una botella de agua.

-Vamos, cámbiate y nos vamos a tomar unas cervezas.

-Esta es... mi ropa habitual.

-Adorable.

En los diez minutos que Justin tardó en vestirse y echarse un poco de agua en la cara y asegurarse de que cada mechón de pelo estaba exactamente en el sitio correcto, Jesse apenas pestañeó. Todo estaba haciéndose real de repente. Habían estrenado la obra y la gente se había reído en los momentos correctos, y había respondido como él esperaba que respondieran, como él lo había imaginado en su cabeza. Había salido bien, mucho mejor que bien, y por alguna razón a él le estaba costando asimilarlo.

Estaba preparado para el fracaso, porque el fracaso siempre llegaba, pero no estaba preparado para esto. Para que saliera todo bien y él acabara jodiéndolo con sus inseguridades y su falta de experiencia y de preparación. Porque había pasado todo demasiado rápido, y el texto no era perfecto, y podrían haber ensayado un par de veces más, y por fin tenía tiempo para pensar en ello, en todas esas pequeñas cosas que podían salir mal. Y el corazón empezaba a latirle muy rápido.

-¿Estás listo? -le preguntó Justin, pellizcándose las mejillas frente al espejo.

-¿Qué haces?

-Van a estar los de Playbill ahí fuera, tengo que estar radiante. ¿Nos vamos?

-Dame un segundo -le pidió, tratando de cerrar los ojos y pensar en bañeras llenas de agua tibia y en gatos y en todas las cosas que le hacían tranquilizarse cuando amenazaba uno de sus episodios.

-Lo que sea -replicó él, abriendo la puerta de golpe-. Joder. ¿Y tú quién eres? -le oyó decir desde el pasillo.

-Eh. ¿Soy Andrew? -respondió un poco sorprendido por la brusquedad del encuentro, y entró al camerino para encontrarse a Jesse con la cabeza entre las rodillas-. Mierda. ¿Jess? ¿Estás bien? -preguntó-. ¿Quieres que venga en otro momento?

-Ahora es perfecto -dijo, y se oyó muy lejos.

-¿Estás bien? -repitió, acercándose a él y poniéndole una mano en la espalda que debería haber sido tranquilizadora-. ¿Estás... estás teniendo un ataque de pánico?

Jesse levantó la cabeza lentamente, frotándose la frente con la palma de la mano.

-No. Sólo estoy teniendo una reacción normal a una situación estresante. Creo -y por primera vez le miró, como si acabara de darse cuenta de quién era-. Menos mal que no era nada grave, eres lo peor en situaciones extremas.

-No pensé que te fuera a encontrar así, joder.

-¿Qué haces aquí?

-He venido al estreno.

-¿Por qué?

-Eso no importa ahora.

-Andrew, estoy bien -le prometió-. Sólo un poco...

-¿Estás yendo a algún tipo de terapia?

-No he tenido tiempo.

-Jesse.

-¿Qué estás haciendo aquí?

-Quería verte. -Él se levantó, alejándose de Andrew un par de pasos. -Has estado fantástico.

Jesse se miró al espejo. El pelo se le pegaba a la frente, y todo el color que había cogido en el rodaje ya se había esfumado. Lo cierto era que tenía un aspecto lamentable.

-Podrías haber avisado. Te habría conseguido buenos asientos.

-¿Lo habrías hecho?

-Sí.

-¿Por qué?

Jesse se encogió de hombros. Andrew se sentó en el reposabrazos del sofá, como si no quisiera permitirse estar demasiado cómodo, y se pasó una mano por el pelo.

-Te vi, hace como un mes. Ibas en tu bici por mi calle. La de la consulta. Te vi desde la ventana. -Jesse le miró, pero él tenía los ojos clavados en el suelo de linóleo. -Al principio creí que no eras tú, porque tenías el pelo distinto, y estabas menos... más grande de lo normal. Ni siquiera parecías tú, pero supe... No sé. Lo supe. Así que me metí en internet y busqué fotos, que era algo que no me había atrevido a hacer desde que te marchaste -y ahí sonrió ligeramente, como avergonzado por sonar tan adolescente, y a Jesse se le partió el corazón-. Y la tarde anterior te habían visto saliendo del supermercado cargado con bolsas de comida para gatos y manojos de acelgas, y fue como ver a un ex-novio de hace mil años.

-¿Por qué me estás contando esto?

Andrew se levantó empezó a caminar hacia a él con pasos cortos y lentos, como calculando la distancia hasta la que Jesse le permitiría acercarse.

-Porque no es así como quiero sentirme cuando te veo. Porque no quiero tener que buscarte en Google para verte. Y hoy mirándote ahí subido -dijo, señalando vagamente en dirección al escenario- me he acordado de por qué me enamoré de ti. Realmente nunca se me olvidó. Has estado maravilloso.

-Para.

Andrew dejó de hablar, pero siguió yendo hacia él, y Jesse no encontró fuerza para apartarse cuando estuvo apenas a medio metro, y lo único que quedaba en su campo visual eran él y sus labios y su cuello largo y pálido y su camisa abierta.

-Siento mucho todo lo que pasó -volvió a decir, y a Jesse le pareció que lo había oído un millón de veces y cada una tenía menos sentido que la anterior-. Tenía tanto miedo de hacerte daño. Fui un estúpido.

-Lo fuiste.

-Lo sé.

-Yo también lo fui -añadió a media voz.

-Estabas dolido.

-Estaba muy cabreado.

-Eso está bien.

-No hables como un psiquiatra -le pidió Jesse.

Andrew sonrió, una sonrisa pequeña y tímida, y puso una mano en su cuello, las yemas de los dedos acariciando los rizos sobre su nuca.

-No he podido dejar de pensar en ti. Sólo dime que tú tampoco.

-Yo...

Quería poder decirlo, pero no estaba seguro de que las palabras fueran a salirle en voz alta, o en su idioma, siquiera. Cerró los ojos y dejó descansar su cabeza sobre la mano de Andrew, y él suspiró con alivio, como soltando aire que llevara demasiado tiempo en sus pulmones.

-Gracias a Dios.

Jesse se rió, y por primera vez en meses pareció que ese peso en su estómago desaparecía, o se convertía en otra cosa, en una especie de calor húmedo que le llenaba por dentro. Andrew le hizo levantar la mirada para cruzarla con la suya, dulce y reconfortante.

-Me gustaría besarte -dijo, y Jesse se dio cuenta de que estaba un poco sonrojado, y por alguna razón eso le hizo quererle aún más-, pero no sé si es demasiado tarde. O demasiado pronto.

-Andrew...

-Lo siento -dijo rápidamente, apartándose de él como si temiera haberle roto. Jesse cerró una mano en torno a su muñeca y le mantuvo cerca.

-Soy un desastre, deberías saberlo.

-Yo también -repuso él-. No me da miedo.

-Y no he besado nunca a nadie fuera de una película.

-Bueno. Yo nunca he besado a nadie en una película. Supongo que estamos empatados -dijo, y dejó que sus labios le acariciaran la frente-. No tengo ninguna prisa.

-¿Quieres...? -empezó a decir, con la voz temblorosa-. ¿Crees que podríamos... ir a tomar un café? Juntos. Algún día.

-¿Ahora mismo? -sugirió Andrew.

-Parecería que tienes prisa.

-Mierda. Perdona.

Jesse sonrió con malicia.

-Ahora mismo suena bien.
 
 
 
raintofall: [Actor] Jesse Eisenbergraintofall on January 12th, 2012 10:08 pm (UTC)
Soy jodidamente feliz con este fic. No puedes saber lo feliz que me haces habiendome escrito este MAGNIFICO FIC, me ha hecho sentir un calorcillo, en mi pecho, que echaba de menos cuando leía fics.

<3333333333333333333333333333333333333333333333333333333333 FOREVER Gracias por hacerme tan feliz, en serio, no te merezco, eres maravillosa
(Anonymous) on June 7th, 2012 09:23 pm (UTC)
asjhdajshdashdas lo ame:) pense que seria un fanfic de ellos pero su relacion como actores, pero no! y eso ha estado perfecto:D
(Anonymous) on May 3rd, 2013 02:24 am (UTC)
No puedo ser más feliz. Amo tu estilo de escritura por dios es increíble!
No pare de poner caras y gritar ajaj
Amo lo micho que analizaste a Andrew y Jesse para podes sacar un texto tan real.
Te admito.
Seguí escribiendo por siempre cosas asi.